![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |


Pedro J. Ramírez
Publicada 9 de agosto de 2026
Mohammed VI is watching you… and you, and you
El destino de España, la propia supervivencia de esa democracia constitucional imperfecta pero viable que construimos hace medio siglo, se juega en las próximas seis semanas.
Como mucho en los próximos siete meses.
Porque después de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en Ceuta no podemos llevarnos ni un día más a engaño. Es muy perturbador que esto nos pase en agosto, pero a la vez nos da margen para planificar con reposo lo ineludible.
Si no somos capaces de desembarazarnos de Sánchez, su cohorte de pretorianos y su centenar de jenízaros mediáticos, nuestra democracia sucumbirá.
Hay que parar por medios lícitos el golpe de Estado legal, es decir la mutación constitucional paulatina, que esta gente, apenas trescientas personas con un 25% del electorado detrás, viene perpetrando desde hace ocho años contra el consenso institucional y la concordia cívica de la Transición.
Una formidable obra de teatro ha terminado de abrirme los ojos sobre la forma en que Sánchez y los suyos están tratando de aplicar a la España actual la versión política de la segunda ley de la termodinámica.
Saben que los procesos de dispersión de la energía colectiva, sostenidos en el tiempo, son irreversibles y desembocan en el caos. Así es como pretenden acabar, paso a paso, con «el régimen del 78» y a veces se les va la mano.
Este shock fronterizo que el propio Sánchez describió durante su visita de 105 minutos a Ceuta como «violación de la integridad territorial de España» —y ahora ha devenido en violación de niñas indefensas arrojadas al turbión de una invasión enquistada—, debería obligarnos a levantar la cabeza y mirar hacia atrás.
Descubriremos que la avalancha consentida sobre Ceuta, con el saldo adicional de 150 cadáveres y la estela de ochenta mil españoles tan angustiados como si vivieran en el sur del Líbano o el norte de Israel, no es sino un episodio más del proceso de degradación paulatina al que el sanchismo viene sometiendo a la Nación española.
Desde su llegada a la Moncloa, Sánchez comprendió que la satisfacción de su ansia de poder dependía proporcionalmente del tamaño de las tragaderas de los españoles. De hecho, lleva más de ocho años poniéndonos a prueba sin dejar de elevar la presión e imponer su yugo.
Planteó una moción de censura con apoyo de los terroristas de una década atrás y de los golpistas del otoño anterior… y tragamos.
Retrasó un año su compromiso de convocar elecciones generales de inmediato… y tragamos.
Puso al frente del CIS a un dirigente del PSOE, caracterizado por su fanatismo, con el encargo de convertir los sondeos electorales en arma de manipulación permanente… y tragamos.
Dio entrada en el Gobierno a Pablo Iglesias, Irene Montero y demás ministros de la izquierda antisistema, después de advertir que a él mismo le «quitaría el sueño» hacerlo… y tragamos.
Recortó drásticamente nuestras libertades de forma inconstitucional durante la pandemia, sin decretar el preceptivo Estado de Excepción… y tragamos.
Promulgó normas extravagantes y dañinas, a tono con sus ministros de extrema izquierda, como la ‘ley del solo sí es sí’ que favoreció a cientos de violadores o la ‘ley trans’ que supeditó la biología a la autodeterminación… y tragamos.
Eludió cualquier explicación sobre la doble destitución de su lugarteniente Ábalos —sospechoso ya de una panoplia de desmanes— y su posterior rehabilitación como diputado… y tragamos.
Cambió de la noche a la mañana la posición española sobre el Sahara, pese al asalto masivo de las vallas de Ceuta y Melilla y el presunto espionaje de su móvil por Marruecos… y tragamos.
Hizo de la necesidad personal una hipócrita virtud utilitarista, al vender por siete votos la amnistía que él mismo acababa de descartar por inconstitucional… y tragamos.
Pactó en secreto facilitar las excarcelaciones de la mayoría de los presos etarras, incluidos asesinos múltiples, a cambio del apoyo parlamentario de Bildu… y tragamos.
Cambió a uña de caballo las reglas del juego en RTVE —obligó a votarlas el día de la dana— para convertirla en el medio más sectario de España… y tragamos.
Consumó su amenaza de gobernar «sin el parlamento», incumpliendo la obligación constitucional de presentar los presupuestos durante tres años consecutivos y eludiendo convocar el debate del Estado de la Nación en lo que va de legislatura… y tragamos.
Arremetió con zafios insultos contra la prensa crítica, llamándonos «fachosfera» y quitándonos la publicidad institucional, y estimuló la ofensiva de la trama de ‘la Fontanera’ contra policías, fiscales y jueces incómodos… y tragamos.
Nos subió una y otra vez los impuestos, recortando nuestro poder adquisitivo, para sufragar el gasto clientelar —incluido su millar de asesores— sin impedir el deterioro de los servicios públicos… y tragamos.
Eludió depurar culpa alguna por el gran apagón (fruto de la gestión politizada de Red Eléctrica), e incluso por la tragedia de Adamuz (fruto de la renovación defectuosa de la vía)… y tragamos.
Mantuvo al fiscal general en el puesto hasta ser juzgado y condenado en el Supremo y mantiene a altos cargos imputados como la directora de la Guardia Civil o la presidenta de la Sepi… y tragamos.
Se niega a asumir cualquier responsabilidad por la condena por prevaricación contra su hermano, por el juicio abierto contra su esposa o por la imputación múltiple de su «pana» Zapatero… y tragamos.
Ha regularizado de golpe —y ya veremos con cuantos porrazos— a más del doble de los 500.000 migrantes que anunció… y tragamos.
Ha manipulado el espectro radioeléctrico para regalar un canal de televisión a los amiguetes que pretenden forrarse echando aún más leña gubernamental al horno de la polarización en el que nos cuece a los españoles… y tragamos.
Ha emprendido un proceso acelerado de nacionalización de descendientes de españoles, tras falsificar en el BOE lo aprobado en el parlamento, para adulterar el censo electoral… y tragamos.
Ha consentido por negligencia, torpeza, irresponsabilidad o traición deliberada la entrada ilegal de casi cien mil invasores en Ceuta… y tragamos.
Nueve días después de su viaje relámpago consiente que miles de esos invasores continúen haciendo imposible la vida a los ceutíes, hasta el punto de plantearse algunos abandonar la ciudad para siempre… y tragamos.
No me digan que todo esto no merece una ‘capillada’.
Así llamaba Modesto Lafuente a sus diatribas en la revista ‘Fray Gerundio’. Pero cuando publicó en 1840 la ‘capillada’ dedicada a «Las tragaderas» de sus contemporáneos, nunca podía imaginar que casi dos siglos después las fauces de los españoles pudieran abrirse tanto.
Y es que la sociedad actual se ha acostumbrado a vivir en un régimen de baja veracidad, en el que la batalla narrativa ha sustituido al examen riguroso de las consecuencias de las decisiones que se toman.
Pero, claro, todo tiene un límite. Hasta el tamaño de las ruedas de molino que caben en la tráquea expandida de una España acomodaticia y narcotizada por la propaganda gubernamental.
Ahora resulta que por la suma de todos esos factores de debilitamiento institucional que nos han ido arrinconando en el espacio occidental al que pertenecemos, estamos a punto de quedarnos sin la sede de la final del Mundial de 2030.
¡Oh, terror y conmoción! Esa final en la que todos los males de la patria podrían quedar curados si conquistáramos la tercera estrella que adornara nuestra camiseta está a punto de desvanecerse.
Y, claro, por ahí ya no pasamos. Podremos perder la separación de poderes, la igualdad ante la ley o los mecanismos de contrapeso. Podremos perder poder adquisitivo, prestigio en la Unión Europea e incluso un trocito del territorio. Todo ello podremos perderlo. Pero no la final del Mundial de Fútbol. De nuestro Mundial de Fútbol.
El autócrata Sánchez al fin tiembla. ¡Ah, no! Ese gol en propia puerta, de ninguna manera. Con eso ya no tragaremos.





